La obra que quisimos leer
Acabo de terminar de leer la obra La mala sangre, escrita por Griselda Gambaro a finales de los años 70 del siglo XX y estrenada en el año 1982. Una obra (melo)dramática sobre la relación entre el poder, la opresión y la violencia.
La obra funciona como una imagen dialéctica al estilo benjaminiano, situándose en un Buenos Aires rosistas del siglo XIX donde hay hambrunas en la población y lujo en los palacios, pero para hablarnos de la dictadura argentina de los 70 y 80 del siglo XX y no poner en peligro a la autora, ni caer bajo las tijeras de la censura.

Es interesante cuando se lee una obra de teatro que tiene ya sus años, intentar entender el contexto sociopolítico en el que se fraguó para entender hasta donde puede o no llegar. Porque si analizamos el teatro de aquella época con el que hacemos ahora, en los ultimos años, puede pecar (falsamente) de pacato o antiguo.
Algo así me ha pasado con esta obra y esta autora de la que conocía únicamente la esplendida revisión metateatral de Casa de Muñecas a la que llamó Querido Ibsen: soy Nora. Empecé la lectura topándome desde el principio con el conflicto central, esbozado ya en las primeras líneas del texto dramático. Cuál fue mi sorpresa cuando a medida que se desarrolla la trama, me encuentro con que el conflicto de clases se desarrolla de una manera romántica, como si la relación amorosa entre Rafael y Dolores fuese más importante que la violencia despótica y sanguinaria de Benigno (el terrateniente y patriarca) con todos los de su alrededor.
Y es que he tenido que pararme la lectura al darme cuenta de que no estaba marchando a descubrir una nueva propuesta teatral, con ojos vírgenes, con capacidad para sorprenderme con lo nuevo y aprender. Eso sería lo ideal. Empezar cada obra sin prejuicios ni ideas ya concebidas. Pero es un ejercicio que rara vez hacemos cuando empezamos una lectura (o un visionado nuevo). Por eso he llamado al artículo La obra que quisimos leer, porque yo hubiera querido encontrarme con una obra ibsesiana, un drama social de corte clásico donde los personajes discuten conceptos morales, éticos y políticos con salvaje vehemencia, a calzón quitado, frontalmente frente a la audiencia. Como pasa en Un enemigo del pueblo, o como esa Nora inflexible al final de Casa de muñecas, o sobre todo, en El pequeño Eyolf o Espectros.
Tengo que reconocer que despues del descubrimiento de la trama amorosa, he seguido leyendo la obra con cierto enojo y molestia, casi desdeñándola como algo antiguo, en vez de recalibrar mi mente y leer en limpio. El recurso romántico, que ocupa el centro de toda la obra, me resulta muy molesto cuando se está hablando de temas tan importantes como los que propone la obra. Hasta que luego me he dado cuenta de que no estoy leyendo a Ibsen, sino a Gambaro. Y que uno fue un dramaturgo (genial, eso no lo niega nadie) pero burgués y nacido en una sociedad relativamente cómoda y estable, mientras que la argentina tuvo que lidiar con una dictadura de Videla (y posteriormente Viola) y sus organismos (para)militares que te podían hacer desaparecer si le hacías demasiadas cosquillas a la persona equivocada. Y aunque Ibsen tuvo que exiliarse, nada se puede comparar al peligro que corrió Gambaro y otros artistas argentinos de la época.
Mientras Ibsen dinamitaba frontalmente con su teatro los cimientos de la sociedad biempensante del norte de Europa, Gambaro tenía que asegurarse que contaba la historia de una manera «cortés», que sea a la vez un juguete casi demodé (el drama romántico teatral del siglo XIX) y un caballo de Troya capaz de sortear la censura y no levantar sospechas. Por eso es bueno saber los contextos de las obras, para entender cómo el momento histórico afecta a su composición.
Leyendo y reflexionando sobre La Malasangre, he recordado cuando estudiaba interpretación en el Estudio Corazza, y el mismo Corazza, en uno de los seminarios que nos dio, dijo que uno debía leer los textos muchas veces. La primera lectura servía siempre para leerse uno a sí mismo en las páginas, para reflejarse y proyectarse en lo que lee, y posteriormente en las siguientes veces para ser capaz de ver de verdad y poco a poco lo que el autor/autora nos estaba ofreciendo. Por eso, cuando leía la obra, sin atender al contexto, no estaba haciendo una lectura objetiva, sino profundamente subjetiva. Como me habrá pasado muchas veces anteriores, estoy seguro, que las obras me llegaba (o no), no por la obra en si misma, sino porque conectaran con algo mío personal, ya fuera un gusto o una manía.
Y es que, además, que una obra te guste o no, es algo completamente banal. El arte que me interesa, no está hecho para ser expuesto en la vitrina de un salón, ni tiene que coincidir con el Pantone de los muebles y la pared. Que una obra te guste o no es lícito (e inevitable), pero inútil e insuficiente a la postre. Porque lo que importa es lo que planta en ti, lo que introduce en tu interior. El arte, o al menos así lo siento yo, debe generar un movimiento interno en aquel que lo ve, un cambio (por mínimo que sea).
Despojarnos de esa primera capa de ego es un trabajo arduo, pero indispensable si queremos ser justos con la dramaturgia, si queremos alcanzar capas más profundas en el arte. La mala sangre me ha dado una lección de humildad y me ha enseñado algo muy valioso: que el teatro no está hecho para complacer ni coincidir con mis deseos formales, sino para sobrevivir y gritar, aunque tenga que hacerlo susurrando a través de un romance de época. La próxima vez que abra un texto y sienta el impulso de juzgarlo en la página tres, intentaré recordar que, a veces, detrás de la obra que no quisimos leer, se esconde exactamente la historia que el autor necesitaba salvar.